Opinión de la entrevista al filósofo Byung-Chul Han.
Más allá de una indispensable instrumentación técnica, el proyecto del espacio del conocimiento incita a inventar del nuevo el vínculo social alrededor del aprendizaje recíproco, de la sinergia de las competencias, de la imaginación y de la inteligencia colectiva. La cuestión de la construcción o de la reconstrucción del vínculo social es particularmente sensible en el momento en que los grupos humanos implosionan, se cancerizan, pierden sus localizaciones y ven cómo se disgregan sus identidades. Fundamentar el vínculo social sobre la relación con el conocimiento significa alentar la extensión de una cortesía deterritorializada que coincide con la fuente contemporánea de la potencia, atravesando la más íntima de las subjetividades. En nuestras interacciones con las cosas, desarrollamos competencias.
Por medio de nuestra relación con los signos y con la información adquirimos conocimientos. En relación con los otros, mediante iniciación y transmisión hacemos vivir el conocimiento. Competencia, conocimiento y saber son tres modos complementarios de la transacción cognitiva y pasan incesantemente uno al otro. Por las competencias y los conocimientos que cubre, el transcurso de una vida puede así siempre alimentar un circuito de intercambio o alimentar una sociabilidad de conocimiento.
4 Las identidades se convierten entonces en identidades de conocimiento. Pero como nuestras zonas de inexperiencia no se recubren, él representa una fuente de enriquecimiento posible de mis propios conocimientos. Podría asociar mis competencias con las suyas de manera tal que haríamos mejor juntos que si nos quedáramos separados. Los árboles de competencias, en la actualidad en uso en las empresas, escuelas y barrios permiten ya encontrarnos con el otro, como un ramo de conocimientos en el espacio del saber y no como una palabra, una dirección, una profesión o un estatus social.
El conocimiento, en el sentido que nosotros tratamos de promover aquí es también un savoir-vivre, es indisociable de la construcción y de la habitación de un mundo, incorpora el largo tiempo de la vida. La necesaria escucha del otro no puede reducirse a la construcción de un conocimiento sobre él, a la pura y simple captación de su experiencia o de las informaciones que posee. Si el prójimo es una fuente de conocimiento, la recíproca es inmediata. Yo también, cualquiera que sea mi situación social provisional, cualquiera que sea el juicio que la institución escolar ha pronunciado a mi respecto, yo también soy para los otros una oportunidad de aprendizaje.
Por mi experiencia de vida, por mi trayectoria profesional, por mis prácticas sociales y culturales y puesto que el saber es coextensivo a la vida, ofrezco recursos de conocimientos a una comunidad. Todos los humanos tienen el derecho de verse reconocida una identidad de conocimiento. El espacio del conocimiento se activa en cuanto experimentamos relaciones humanas fundadas en principios éticos de valoración de los individuos por sus competencias, de transmutación real de las diferencias en riqueza colectiva, de integración a un proceso social dinámico de intercambio de conocimientos en el que cada cual es reconocido como una persona plena y no se ve limitada en sus proyectos de aprendizaje por programas, prerrequisitos, clasificaciones a priori o prejuicios sobre los conocimientos que valen o no la pena.
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